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Nos quieren vender que la reciente intervención en mi tierra natal, Venezuela, y la detención de su cúpula política es un acto de justicia divina. Un triunfo de la democracia sobre la tiranía. Mentira. Si algo hemos aprendido los venezolanos a las malas, tras años de ver cómo la comunidad internacional miraba hacia otro lado mientras se violaban sistemáticamente nuestros derechos, es que a las superpotencias no les mueven las lágrimas, les mueven los números. Y el número que ha desencadenado todo esto no es el de muertos en protestas, sino el de Teravatios-hora.

La Inteligencia Artificial, esa entidad que nos prometieron que viviría en “la nube”, tiene un cuerpo físico monstruoso y, sobre todo, un hambre insaciable. El algoritmo tiene sed. Y ha venido a beberse nuestro petróleo.

Olvidemos por un momento la retórica política. Vayamos a los datos crudos. Una consulta rápida a los reportes de la Agencia Internacional de la Energía (IEA) nos muestra una realidad aterradora: el consumo eléctrico de los centros de datos se duplicará en 2026. La red eléctrica de Estados Unidos está al límite. El despliegue masivo de IA para entrenar modelos ha disparado la demanda a niveles que las renovables, por sí solas, no pueden cubrir a corto plazo.

La IA necesita “energía base”: constante, fiable y masiva. Justo lo que ofrece el petróleo y el gas. Aquí es donde entra Venezuela.

Como confirman los análisis de mercado, las refinerías de la Costa del Golfo de EE.UU. fueron diseñadas específicamente para procesar el crudo pesado venezolano. No es casualidad. Al intervenir y asegurar el flujo directo desde la Faja del Orinoco, Washington no solo enciende la luz de sus granjas de servidores en Virginia; también le corta el cable a China.

Hasta ayer, Beijing era el principal cliente del crudo venezolano. Al cerrar ese grifo, EE. UU. obliga a su rival tecnológico a buscar energía más lejos y más cara, ralentizando su propia carrera por la supremacía digital. No es una guerra por la libertad; es una guerra por el compute.

Pero la energía es solo la sangre. El cuerpo de la IA necesita huesos y músculos: chips, procesadores y robótica avanzada. Y ahí entramos en la segunda fase de este reordenamiento mundial.

Si Venezuela pone la gasolina, lugares como Groenlandia pondrán el motor. Los movimientos geopolíticos sobre la isla ártica cobran ahora un sentido de urgencia vital. China controla actualmente gran parte del procesamiento de tierras raras esenciales para los imanes de los robots y componentes electrónicos, un dominio que ha encendido las alarmas de seguridad nacional en Occidente.

Sin acceso a estos materiales, la IA se queda en software sin cuerpo. La intervención en Sudamérica es solo el primer movimiento de pinza. El siguiente será asegurar los minerales que rompan el monopolio chino. Estamos viendo el paso de la geopolítica ideológica a la geopolítica del hardware.

Lo que más me inquieta no es el presente, sino para qué se está acumulando toda esta potencia. La narrativa bélica está cambiando radicalmente. Ya no es ciencia ficción hablar de conflictos decididos por algoritmos.

Publicaciones del Army War College ya discuten abiertamente el papel creciente de la IA en la guerra moderna, donde la autonomía de los sistemas de armas es la clave. La probabilidad es altísima: las próximas guerras no las librarán soldados cansados, sino enjambres de drones coordinados por una “mente colmena”, capaces de reaccionar a velocidades inhumanas. Instituciones como Chatham House llevan años advirtiendo sobre la inminente llegada de la guerra autónoma.

Para ganar esa guerra futura, necesitas dos cosas: la mejor IA (que requiere los mejores chips y minerales) y la energía infinita para mantenerla encendida. EE. UU. acaba de asegurarse la segunda a costa de la soberanía de mi país.

Nota personal: El precio de ser una “batería”

Escribo esto con la amargura del que ve su hogar convertido en una herramienta. Soy venezolano. He visto a mi gente sufrir por ideales, por falta de medicinas, por represión. Y ahora, veo con cinismo cómo la “liberación” llega justo cuando EE. UU. necesita recargar sus baterías.

No nos engañemos. No han venido a salvarnos. Han venido porque el servidor central parpadeaba en rojo y necesitaban enchufarlo a nuestros pozos. Somos el combustible de su futuro, y el daño colateral de su progreso.

La libertad que nos venden tiene un precio de mercado, y cotiza en barriles.

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